Jeanne d'Arc à l'instar du Christ
La peinture d'histoire
Tulipán. El rapto de Proserpina
Un paseo botánico por las obras de los grandes maestros
Proserpina estaba recogiendo flores tranquilamente, puede que violetas, cuando se le presentó el animal de su tío, Plutón, para raptarla y llevarla a su palacio del inframundo. Ella, que era la alegría de su madre Ceres, la diosa de las cosechas y de la fertilidad de la tierra, hizo desaparecer esa felicidad y trajo tristeza a los cultivos en forma de desolación. Por intercesión de Júpiter, Plutón accedió a dejar libre a Proserpina durante seis meses al año, después de los cuales regresaría de nuevo a su lado. Este regreso junto a su madre Ceres es lo que causa el origen de la primavera, durante esas semanas en los que las plantas están más alegres y activas gracias a las lluvias y las buenas temperaturas.
Ese momento del rapto es lo que vemos en el cuadro que Rubens diseñó para el gran ciclo de pinturas encargadas por Felipe IV con destino a su pabellón de caza, la llamada Torre de la Parada. En esta escena, debajo del carro, hay un cesto de mimbre volcado con las flores que Proserpina estaba recogiendo hacía un instante. Entre ellas están dos de colores blanquirrosa y rojigualdo. Son tulipanes, la flor que levantó tantas pasiones y ansias coleccionistas en los Países Bajos en el siglo XVII.
Los tulipanes son probablemente una de las plantas bulbosas más reconocibles en todo el mundo. Que una planta tenga un órgano en forma de bulbo significa que será capaz de pasar un período desfavorable para ella, como la sequía y el calor, o el frío intenso, «escondida» dentro de su bulbo. En la península ibérica, muchas de estas plantas empiezan a generar una raíz bajo la tierra con el periodo de lluvias que comienza en el otoño, para que al final del invierno y el inicio de la primavera puedan vegetar con hojas aprovechando la bonanza climatológica. Este proceso culminará con la formación de una flor, muchas veces espectacular, que durará unas semanas. Con la nueva llegada del calor y de la sequía, la planta irá retirando toda su energía y agua, para enclaustrarse de nuevo en ese órgano de reserva, el bulbo. Durante los siguientes meses de solana inclemente pasará su vida bajo tierra, raptada de nuevo por Plutón.
Entre un vaso griego decorado y un paisaje impresionista...
En 1923 aparecía Tres horas en el Museo del Prado de Eugenio d'Ors
Transcribo unos de los primeros párrafos:
La pintura ocupa, entre las Artes, la región central. Parte de acá, está la escultura, y aun antes, la arquitectura; feudos por excelencia de esta función de lo bello que, siguiendo a Hildebrand, hemos llamado espacial. Parte de allá de la pintura, en zona progresivamente romántica e inconcreta, caen la música, la poesía tal vez, los dominios en que lo expresivo y su función preponderan. La pintura puede recorrer una serie infinita de matices, acercándose a cualquiera de estos extremos, sin llegar a confundirse con él.
Cuando la pintura se acerca a lo escultórico, el color pierde en ella interés, desaparece cualquier preocupación de luz y ambiente; triunfa el dibujo, y, del dibujo, el contorno; cada objeto en la representación se recorta, se individualiza, valiendo justamente tanto como su grado de precisión. El ejemplo más radical de un arte así, lo dan ciertas especialidades de la pintura antigua, por ejemplo la pintura de vasos. Negras sobre rojo, rojas sobre negro, recórtanse aquí unas figuras, no ya sin las pompas del color, pero incluso sin los dones del relieve, casi reducidas completamente a puras siluetas... Al contrario, cuando nos acercamos al límite opuesto, el dibujo es sacrificado al color; y, dentro del dibujo, el contorno es quien más padece; el interés capital de la sensibilidad del artista dirígese al aire y a la luz; el ambiente desindividualiza, funde, hace vibrar los objetos. ¿No son estas las características del grupo y escuela de pintores modernos que han recibido la denominación de impresionistas? El impresionismo no significa otra cosa, en esencia, que la pintura llegada al límite extremo de la musicalidad.
Entre un vaso griego decorado y un paisaje impresionista, cabe, como entre dos fronteras remotas, todo el tesoro, toda la historia universal de la pintura.
Las fotos que ilustran esta Entrada las tomé en el Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires, Argentina
Las guías de los museos; su razón de ser
Guía del Museo Nacional de Arte Decorativo, Buenos Aires, Argentina
En cualquier viaje y en todo itinerario de reconocimiento artístico, las guías de recorrido sirven para dirigir los caminos de la visión, facilitan la comprensión de lo percibido y abren las puertas de la apreciación final. La guía es, en estos casos, el instrumento que permite orientar la inquietud del visitante —esa condición inicial sin la cual no existe viaje fructífero ni experiencia valedera— hacia sus mejores posibilidades de enriquecimiento personal.
Ahora bien, la necesidad de albergar periódicamente exposiciones temporarias, presentar nuevos conjuntos, acceder a intercambios, incorporaciones y reemplazos en el patrimonio o atender a nuevos énfasis comunicativos —tareas propias e ineludibles de la dinámica de cualquier museo contemporáneo—, unida a la fuerte restricción de espacios de exposición disponibles en nuestra casa, pueden ser causa de que algunos de los objetos indicados en esta guía no estén en los lugares especificados o que algunas salas no resulten circunstancialmente visitables. En estos casos, que el visitante sabrá disculpar, la guía oficia como registro documental y, eventualmente, como elemento de estímulo para nuevas visitas.
Pero incluso luego de la visita, esta guía —estacionada en un anaquel de la biblioteca— también podrá ser el continente del recuerdo, la memoria impresa de esa otra memoria que queda grabada en cada visitante como huella profunda y duradera. A todo eso puede servir esta guía básica, que ve la luz en coincidencia con los sesenta años de vida del Museo (...).
Los enconchados sobre la Conquista de México
Varios códices post-cortesianos fijan, con toda la riqueza de la escritura pictográfica, la visión que los indios tuvieron de los conquistadores, de los terribles agüeros que presagiaron su llegada, del rápido avance español amparado en armas extrañas. Palabra e imagen integran un solo concepto. Los españoles observaron asombrados que los indígenas pintaban aquello de lo que querían dar cuenta. Bernal Díaz lo menciona en varios pasajes de su crónica: en el siempre citado capítulo XXXVIII, cuando Tendile, embajador de Moctezuma, hace pintar a los españoles para información de su señor; más adelante, al hablar de la primera batalla que se libra en la ciudad de México, y al relatar la lucha de Otumba, "tienen muy bien pintada esta batalla y en retratos entallada los mexicanos y tlaxcaltecas".
También los españoles dejaron testimonio inmediato de la Conquista. Lo hicieron los mismos conquistadores, en las cartas de relación de Cortés y la crónica de Bernal Díaz. Lo hace López de Gómara, recogiendo información de fuentes españolas. Pero no hay una crónica pintada.
Sin embargo, siglo y medio después de la Conquista, época en que abundan las ediciones con sus relatos y crónicas, aparece repetidamente como tema de conjuntos de pinturas y de algunos biombos. Estas series de pinturas se caracterizan por su intención de relato, de narración pintada, por su concepto decorativo y por tratarse de enconchados —tableros en los que se combina la pintura con incrustaciones de concha nácar— que fueron muy frecuentes en México entre mediados del siglo XVII y del siglo XVIII. Se conservan enconchados que tratan temas religiosos o históricos, y que a menudo se organizan en series con un desarrollo temático muy fuerte.
El tema es no ya el eje de una pintura sino la columna vertebral de toda una serie; es lo que exige y justifica la realización del ciclo, constituido por obras independientes pero concebidas a partir del conjunto. Aproximadamente cincuenta episodios que abarcan desde el desembarco de Cortés y sus compañeros en San Juan de Ulúa hasta la caída de Tenochtitlán-Tlatelolco y la prisión de Cuauhtemoc.
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La sensación de objetividad que dan las tablas de ve reforzada por el estilo de las leyendas, que señalan a "los españoles" y a "los indios" siempre en tercera persona, sin identificarse con ningún grupo.
La serie parece estar directamente inspirada en la crónica de Bernal Díaz del Castillo. Es el texto con el que presenta mayores analogías, e inclusive algunas representaciones iconográficas parecen más una transcripción pictórica de las descripciones que hace ese autor que la pintura de objetos conocidos o inventados.
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Los indios representados, sus trajes, sus armas, sus casas, y los españoles que los enfrentan, no son los aztecas que resistieron a Cortés ni los hombres que acompañaron a este en su campaña. Son una versión posterior y deformada, concebida en una época que estaba lejos de nuestro afán de reconstrucción histórica.
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El traje indígena femenino (formado por enagua y camisa, o cueitil y huipilli) está en general representado con más justeza que el masculino. Esto se explica porque las indias mantuvieron su atuendo después de la Conquista, en tanto los indios abandonaron el uso del taparrabo y adoptaron los calzones, aunque en general conservaron el manto o tilmatli.
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En las tablas que describen el encuentro de Cortés y Moctezuma se ven canoas con "indios de danza", que tocan tambores y sonajas. El tambor representado es el instrumento indígena llamado teponaztli. También las canoas, con un extremo recto, están correctamente representadas.
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El hierro forjado fue característica de la ornamentación colonial y ya comentamos lo relativo de las reconstrucciones históricas realizadas en el siglo XVIII. El pintor mezcla los datos históricos con los de su propia fantasía y los de la realidad que lo circunda.
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[Se sabe que] los indios pintaban sobre telas de algodón, pero la primera tabla muestra a un indio utilizando un muy europeo caballete; pintaba a los españoles para llevar esa referencia a su señor Moctezuma (...) los españoles visten casi siempre armaduras metálicas a pesar de que durante la Conquista las utilizaron de algodón.
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En toda la serie alternan las representaciones correctas, elementos totalmente fantásticos, interpretaciones de descripciones literarias y los anacronismos más logicos, o sea la representación de elementos de la realidad circundante a fines del siglo XVII.
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Biombos, enconchados y tapices tenían una función decorativa semejante por lo que se facilitaba el intercambio de algunas fórmulas del lenguaje utilizado.
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Es característica de estas obras la línea del horizonte muy alta que permite la acumulación de datos narrativos y que, en relación a la pintura perspectivista de la época, trae hacia adelante los últimos planos. Esta organización compositiva había sido normal en la pintura europea llamada primitiva, pero en el siglo XVII solo se utilizaba en algunas fórmulas de decoración. Es en cambio característica del arte oriental, desde los dibujos sobre seda hasta las miniaturas persas.
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Consideraciones generales
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Las tablas de la Conquista son pintura decorativa —para muchos eso significa pintura menor—; realizada por un artista que conocía bien su oficio y tenía sensibilidad pero que indudablemente no era un gran creador.
Sin embargo, en relación a la llamada "gran pintura" mexicana de la época tienen la originalidad de escapar un tanto al modelo europeo, la frescura de cierto primitivismo mezclado al arte muy aprendido, el atractivo que le dan la presencia simultánea del indio en el tema, la cultura europea en la imagen y la oriental en la técnica.
Quizás sea ante todo en esto, y en esa característica de ser una historia, un relato hecho imagen, en lo que reside el mayor encanto de estas obras.
Imágenes como conjuros que dominan la eternidad

Relieve en la tumba de Mereru-ka (las tres estaciones del año egipcio)
Del "ready made" y de categorías transdisciplinares

Bottle Rack, Marcel Duchamp. Ver aquí.



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