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Las guías de los museos; su razón de ser

Cupido, Joseph Chinard. Ver aquí.

Hebe y el águila de Júpiter, Jules P. Roulleau. Ver aquí.

Minerva. Ver aquí y su cartela aquí.

Guía del Museo Nacional de Arte Decorativo, Buenos Aires, Argentina

Transcribo a continuación algunos párrafos de la Introducción de la Guía del Museo (la publicada en 1997 y que es una de las que leí a fin de preparar un recorrido para mis alumnos*)
Son líneas que me gustaron porque dejan muy en claro la razón de ser de una guía de este tipo: 
orientación, 
información,
registro documental, 
estímulo y 
recuerdo.

En cualquier viaje y en todo itinerario de reconocimiento artístico, las guías de recorrido sirven para dirigir los caminos de la visión, facilitan la comprensión de lo percibido y abren las puertas de la apreciación final. La guía es, en estos casos, el instrumento que permite orientar la inquietud del visitante —esa condición inicial sin la cual no existe viaje fructífero ni experiencia valedera— hacia sus mejores posibilidades de enriquecimiento personal.

(...)
Esta guía informa sobre la disposición general de nuestra colección permanente, tal como se expone habitualmente en las salas del museo.  

Ahora bien, la necesidad de albergar periódicamente exposiciones temporarias, presentar nuevos conjuntos, acceder a intercambios, incorporaciones y reemplazos en el patrimonio o atender a nuevos énfasis comunicativos —tareas propias e ineludibles de la dinámica de cualquier museo contemporáneo—, unida a la fuerte restricción de espacios de exposición disponibles en nuestra casa, pueden ser causa de que algunos de los objetos indicados en esta guía no estén en los lugares especificados o que algunas salas no resulten circunstancialmente visitables. En estos casos, que el visitante sabrá disculpar, la guía oficia como registro documental y, eventualmente, como elemento de estímulo para nuevas visitas.

Pero incluso luego de la visita, esta guía —estacionada en un anaquel de la biblioteca— también podrá ser el continente del recuerdo, la memoria impresa de esa otra memoria que queda grabada en cada visitante como huella profunda y duradera. A todo eso puede servir esta guía básica, que ve la luz en coincidencia con los sesenta años de vida del Museo (...).


*La semana pasada visité este museo con mis alumnos de 6to grado (de 10 y 11 años). 
El Decorativo en clave de Mitología 
Tal fue el título de la guía de recorrido que redacté para ellos con el objetivo de ayudarlos a encontrar, en las diferentes salas y en el jardín del museo, una decena de obras inspiradas en los mitos clásicos, primer tema de nuestro programa de Lengua y Literatura y motivo de nuestra visita. 

En mi blog Profesores, publiqué una Entrada sobre esta visita:  
¡Invitado quien quiera leerla!

Literatura argentina, El matadero

"Historia social y cultural de la literatura I"
Ver álbum aquí.


Trabajo iconográfico. Se trata de un álbum hecho por gusto, que me ayuda a leer, investigar y permanecer en las obras literarias durante un tiempo. Estos textos e imágenes son citas, homenajes o incluso apropiaciones salvajes gracias a los cuales las obras literarias se recargan de significado. Algunas imágenes actualizan también esas obras y ayudan a leerlas como contemporáneas. Un entramado de préstamos culturales.


#LiteraturaArgentina
La primera obra: El matadero, Esteban Echeverría
Allí, el propio autor escribe: "la escena que se representa en el matadero era para vista, no para escrita". 

Inicié el álbum al leer eso; inmediatamente me dieron ganas de reunir todas las imágenes (principalmente fotos tomadas en los museos de la ciudad) guardadas en mi computadora, referidas —de una u otra manera— a este relato.

Luego, lo que los artistas Marcia Schvartz y Fernando Bedoya comentan sobre su trabajo de ilustración de una nueva edición de El matadero (en De carne somos, reseña aparecida en el diario Página 12) me ayudó a escribir la descripción de dicho álbum.

La sala Guerrico, en el Museo Nacional de Bellas Artes


Coincido con lo escrito por la autora hasta en los puntos y las comas.
Museo Nacional de Bellas Artes, Barrio: Recoleta, Cobrinha
(En Amo el lugar donde vivo. Buenos Aires, varios autores, 
Moebius Editora)

"Mi lugar preferido de Buenos Aires es el Museo Nacional de Bellas Artes.

Me parece un espacio fuera de tiempo, cuando voy me olvido un poco del afuera y entro como en otra dimensión. La iluminación tenue de cada sala, los olores a pintura y lienzos, siglos de historia y distintas formas de pensar reflejadas a través del arte. No se puede apreciar tanto en una sola visita. Mi forma de disfrutarlo es visitar las muestras temporales y después recorrer un poquito de la colección permanente y dedicarle más tiempo y atención a algún sector, de esa forma siempre descubro algo nuevo e inspirador.

Personalmente, me gusta la planta baja, las obras de Goya y la sala del manierismo y el barroco. Y me llama particularmente la atención la sala de la colección Guerrico: además de las obras en sí, me gusta la disposición de los cuadros que casi cubren la pared entera desde el piso al techo y los marcos superelaborados, que en algunos casos son más grandes que la propia obra. En la parte trasera y casi escondida, hay una pequeña salita con objetos antiguos tales como peinetones gigantes de carey, jarrones orientales, mates de todo tipo y tamaño, y algunas vitrinas con objetos de lo más curiosos como miniaturas de marfil talladas con formas de pequeños demonios, animales o insectos, que se merecerían una muestra aparte."



Rugendas, un pintor viajero


Valle entre montañas, Juan Mauricio Rugendas. Ver aquí.

Me gustan mucho las novelas biográficas de artistas. Esta, por ejemplo:
Un episodio en la vida del pintor viajero, César Aira.

El pintor viajero es Juan Mauricio (Johann Moritz) Rugendas, artista, alemán, hombre del siglo XIX, admirado por Humboldt por sus cualidades como fisonomista de la naturaleza y que vivió varios años en América latina, especialmente en Santiago de Chile.

El episodio que transcribo a continuación narra parte de un viaje que este emprende desde Santiago con destino a Buenos Aires y que lo llevaría a cruzar la pampa infinita.
¡Una página gloriosa!:

"Los trámites para contratar un guía lo pusieron en contacto con un objeto fascinante en grado sumo: la gran carreta de las travesías interpampeanas.

Era éste un artefacto de tamaño monstruoso, como hecho adrede para que se creyera que ninguna fuerza natural podría moverla. Ante la primera que vio quedó absorto largo rato. En su desmesura veía al fin la corporización de la magia de las grandes llanuras, la mecánica del plano puesta al fin en funcionamiento. Volvió a la playa de cargas al día siguiente, y al siguiente, provisto de papeles y grafitos. Era fácil y a la vez difícil dibujarlas. Pudo verlas iniciando sus largas marchas. Su velocidad de oruga, sólo medible en unidades diuturnas, o hebdomadarias, lo lanzaba a una microscopía de figuras, no tan paradójica en quien se había destacado haciendo acuarelas de colibríes, pues el movimiento también por sus extremos mínimos toca la disolución. Lo dejó para más adelante, pues tendría sobrada ocasión de verlas en acción durante el viaje, y se concentró en las desenganchadas.

Como tenían sólo dos ruedas (era su particularidad), mientras estaban sin carga se inclinaban hacia atrás, y sus varas quedaban apuntando al cielo en un ángulo de cuarenta y cinco grados; la punta de las varas parecía perderse entre las nubes; su largo puede calcularse por el hecho de que servía para enganchar hasta diez yuntas de bueyes. Sus sólidos tablones estaban reforzados para recibir cargas inmensas; casas enteras, con sus muebles y habitantes, no serían excesivas. Las dos ruedas eran como las "vueltas al mundo" de las ferias, todas de algarrobo, los rayos gruesos como vigas de techo, con cubos de bronce en el centro cargados de litros de grasa. Había que dibujar a un hombrecito a su lado para dar una idea cabal del tamaño, y buscando modelos para estas figuras Rugendas, tras descartar al abundante personal de mantenimiento, se concentró en los conductores, formidables personajes, a la altura de su tarea. Eran la aristocracia de los carreros; en sus manos quedaba el dominio de ese hipervehículo (sin contar la carga, que podía ser la totalidad del patrimonio de un magnate), y quedaba durante un tiempo muy prolongado. La línea recta Mendoza-Buenos Aires, recorrida a razón de unos doscientos metros por día, sugería lapsos de vidas enteras. En los ojos y los modales de los carreros, hombres transgeneracionales, habían quedados registradas esas paciencias sublimes. Yendo a cuestiones más prácticas, podía pensarse que los elementos en el juego de las variables era el peso (la carga a transportar) y la velocidad: con un peso mínimo se alcanzaba la velocidad máxima y viceversa. Evidentemente los transportistas interpampeanos, a la luz del plano, habían hecho la opción del peso.

Y de pronto se las veía partir… Una semana después seguían a un tiro de piedra, pero hundiéndose inexorablemente en el horizonte. Rugendas sintió, y le comunicó a su amigo, una urgencia casi infantil por partir a su vez, en la estela anticipada de las carretas. Se le ocurría que sería como viajar en el tiempo: en el trayecto, hecho al paso rápido de sus caballos, alcanzarían carretas que habían partido en otras eras geológicas, quizás antes del inconcebible comienzo del universo (exageraba), y aun a ellas las pasarían, yendo hacia lo verdaderamente desconocido."

Paisaje con carreta, Juan Mauricio Rugendas. Ver aquí.

Exhalar el amor y la pesadumbre del alma colectiva

AL SITIO LENGUAS #ELE #FLE
El día del ganado urbano,
Street Art en Valparaíso, Chile.

Bastante más de 100 años transcurrieron entre la escritura de este discurso y la realización de este mural en las calles del gran puerto chileno, sin embargo, a mi criterio, uno y otro se complementan a la perfección. 

Ernesto de la Cárcova, Catálogo de la exposición realizada en el Museo Nacional de Bellas Artes (Buenos Aires) en ocasión del 150 aniversario del nacimiento del artista.
Discurso del director del Museo Nacional de Bellas Artes don Eduardo Schiaffino, leído el 23 de mayo de 1905, en el banquete de despedida a don Ernesto de la Cárcova.

Señores:
Entre los ciudadanos que forman una nación civilizada en el alto concepto de la palabra, existe un grupo diluido en la masa anónima de los obreros, negociantes, soldados, industriales y rentistas, que adopta una profesión extraña. Los seres que lo componen, sin ser guerreros, y en veces tímidos como ciertas mujeres, tienen la pretensión de conquistar el mundo. Desde la infancia, la meditación les marca con el dedo, y la soledad suele serles amiga. Las armas o instrumentos de que disponen para sus fines son la pluma y el lápiz, el pincel o el cincel, cosas torpes y dañinas en manos de los mediocres, pero utensilios maravillosos cuando los dirige la razón independiente y el alma grande.
(...)
Estos hombres desempeñan en la sociedad una misión augusta; en el silencio al que los ha relegado la extraña profesión que practican, escuchan e interpretan el vasto latir del pueblo; y de todas las voces truncas, de todos los murmullos, de los ayes sueltos y las imprecaciones que suben a su oído, forjan las estrofas, combinan los cantos, burilan las imágenes, trazan los cuadros, concretan los monumentos que confusamente exhalan el amor y la pesadumbre del alma colectiva.

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El día del ganado urbano,
Street Art en Valparaíso, Chile.


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La ceremonia de la experiencia estética (sin cacareos)

Pero allí lo esperaba el almanaque de Alpargatas ilustrado por Florencio Molina Campos que todo lo resignificaba. 

AL SITIO LENGUAS #ELE #FLE
Yendo al pueblo, Florencio Molina Campos. Ver aquí.


El domicilio de la aventura, Juan Sasturain.
Aquí, un párrafo del capítulo Molina Campos o la galería de arte sin vereda de enfrente


"Cuando el paisano dejaba el sulki a la sombra espesa del bosquecito y entraba al almacén de ramos generales, en la abigarrada estantería, en las bolsas apiladas descansaba de un horizonte demasiado bajo y desatado.

Mientras cargaba su azúcar, su yerba o sus vicios, el porrón de ginebra, el par de calzoncillos o la cuchilla nueva, por encima del hombro del patrón alguien le recordaba las alpargatas desde el almanaque cuadrado, perfecto y colorido. Alguien le repetía el horizonte bajo y aplastado bajo tanto cielo y le sumaba algo más: el mismo sulki apenas algo apoyado sobre la huella como una araña de fierro, él mismo encaramado sobre los cueros y su propio perro con la lengua de corbata trotando detrás...

Cuando el paisano volvía al sulki a la sombra del bosquecito traía algo más que las provisiones y los vicios; traía una mirada nueva que inauguraba el paisaje, que lo reconocía por el sencillo mecanismo de la identificación. Con las probables alpargatas se había puesto imágenes que le devolvían su realidad interpretada con violento cariño, como en el sainete o el grotesco, riéndose con él, de él y para él.

La ceremonia ritual de la cacareada experiencia estética se había producido sin sacerdotes habilitados, en una galería de arte sin vereda de enfrente. Se había materializado una vez más el fenómeno Molina Campos.


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