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Poesía del emigrado, Domingo Faustino Sarmiento

 

Así comienza Recuerdos de provincia, Domingo Faustino Sarmiento:

Las palmas
A pocas cuadras de la plaza de Armas de la ciudad de San Juan, hacia el norte, elevábanse no ha mucho tres palmeros solitarios, de los que quedan dos aún, dibujando sus plumeros de hojas blanquizcas en el azul del cielo, al descollar por sobre las copas de verdinegros naranjales a guisa de aquellos plumajes con que nos representan adornada la cabeza de los indígenas americanos. Es el palmero planta exótica en aquella parte de las faldas orientales de los Andes, como toda la frondosa vegetación que, entremezclándose con los edificios dispersos de la ciudad y alrededores, atempera los rigores del estío, y alegra el ánimo del viajero cuando, atravesando los circunvecinos secadales, ve diseñarse a lo lejos las blancas torres de la ciudad sobre la línea verde de la vegetación.
Pero los palmeros no han venido de Europa como el naranjo y el nogal: fueron emigrados que traspasaron los Andes con los conquistadores de Chile, o fueron poco después entre los bagajes de algunas familias chilenas. Si el que plantó alguno de ellos a la puerta de su domicilio, en los primeros tiempos, cuando la ciudad era aún aldea, y las calles caminos, y las casas chozas improvisadas, echaba de menos la patria de donde había venido, podía decirle, como Adberramán, el rey árabe de Córdoba:

"Tú también, insigne palma, eres aquí forastera;
De Algarbe las dulces auras, y tu pompa, halagan y besan;
En fecundo suelo arraigas, y al cielo tu cima elevas.
Tristes lágrimas lloraras, si cual yo sentir pudieras"(1).

(1) Historia de la dominación de los árabaes en España, tomo I, capítulo IX, por Conde.



Paradise Palms, Karina Jambrak. Ver aquí.

Rugendas, un pintor viajero


Valle entre montañas, Juan Mauricio Rugendas. Ver aquí.

Me gustan mucho las novelas biográficas de artistas. Esta, por ejemplo:
Un episodio en la vida del pintor viajero, César Aira.

El pintor viajero es Juan Mauricio (Johann Moritz) Rugendas, artista, alemán, hombre del siglo XIX, admirado por Humboldt por sus cualidades como fisonomista de la naturaleza y que vivió varios años en América latina, especialmente en Santiago de Chile.

El episodio que transcribo a continuación narra parte de un viaje que este emprende desde Santiago con destino a Buenos Aires y que lo llevaría a cruzar la pampa infinita.
¡Una página gloriosa!:

"Los trámites para contratar un guía lo pusieron en contacto con un objeto fascinante en grado sumo: la gran carreta de las travesías interpampeanas.

Era éste un artefacto de tamaño monstruoso, como hecho adrede para que se creyera que ninguna fuerza natural podría moverla. Ante la primera que vio quedó absorto largo rato. En su desmesura veía al fin la corporización de la magia de las grandes llanuras, la mecánica del plano puesta al fin en funcionamiento. Volvió a la playa de cargas al día siguiente, y al siguiente, provisto de papeles y grafitos. Era fácil y a la vez difícil dibujarlas. Pudo verlas iniciando sus largas marchas. Su velocidad de oruga, sólo medible en unidades diuturnas, o hebdomadarias, lo lanzaba a una microscopía de figuras, no tan paradójica en quien se había destacado haciendo acuarelas de colibríes, pues el movimiento también por sus extremos mínimos toca la disolución. Lo dejó para más adelante, pues tendría sobrada ocasión de verlas en acción durante el viaje, y se concentró en las desenganchadas.

Como tenían sólo dos ruedas (era su particularidad), mientras estaban sin carga se inclinaban hacia atrás, y sus varas quedaban apuntando al cielo en un ángulo de cuarenta y cinco grados; la punta de las varas parecía perderse entre las nubes; su largo puede calcularse por el hecho de que servía para enganchar hasta diez yuntas de bueyes. Sus sólidos tablones estaban reforzados para recibir cargas inmensas; casas enteras, con sus muebles y habitantes, no serían excesivas. Las dos ruedas eran como las "vueltas al mundo" de las ferias, todas de algarrobo, los rayos gruesos como vigas de techo, con cubos de bronce en el centro cargados de litros de grasa. Había que dibujar a un hombrecito a su lado para dar una idea cabal del tamaño, y buscando modelos para estas figuras Rugendas, tras descartar al abundante personal de mantenimiento, se concentró en los conductores, formidables personajes, a la altura de su tarea. Eran la aristocracia de los carreros; en sus manos quedaba el dominio de ese hipervehículo (sin contar la carga, que podía ser la totalidad del patrimonio de un magnate), y quedaba durante un tiempo muy prolongado. La línea recta Mendoza-Buenos Aires, recorrida a razón de unos doscientos metros por día, sugería lapsos de vidas enteras. En los ojos y los modales de los carreros, hombres transgeneracionales, habían quedados registradas esas paciencias sublimes. Yendo a cuestiones más prácticas, podía pensarse que los elementos en el juego de las variables era el peso (la carga a transportar) y la velocidad: con un peso mínimo se alcanzaba la velocidad máxima y viceversa. Evidentemente los transportistas interpampeanos, a la luz del plano, habían hecho la opción del peso.

Y de pronto se las veía partir… Una semana después seguían a un tiro de piedra, pero hundiéndose inexorablemente en el horizonte. Rugendas sintió, y le comunicó a su amigo, una urgencia casi infantil por partir a su vez, en la estela anticipada de las carretas. Se le ocurría que sería como viajar en el tiempo: en el trayecto, hecho al paso rápido de sus caballos, alcanzarían carretas que habían partido en otras eras geológicas, quizás antes del inconcebible comienzo del universo (exageraba), y aun a ellas las pasarían, yendo hacia lo verdaderamente desconocido."

Paisaje con carreta, Juan Mauricio Rugendas. Ver aquí.

La génesis de un museo

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Fiestas mayas, Ceferino Carnacini.

Museo de Arte Tigre. Su historia. Su colección
Artículo 1° del decreto fundacional:
"El Museo de Arte Tigre integrará sus colecciones con las obras más representativas del arte argentino de los siglos XIX y XX, priorizando aquellas expresiones de carácter figurativo que permitan al espectador incorporar con claridad imágenes relativas a los tipos y costumbres de nuestro país y de las comunidades que forjaron la Nación, sus paisajes y sus tradiciones, sus figuras señeras y los episodios de su historia, buscando en todos los casos el más alto nivel de calidad artística, acorde al ámbito de excelencia que debe ser propio de una institución museológica."


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Paisanos en la estancia, Ángel Della Valle.


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Exhalar el amor y la pesadumbre del alma colectiva

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El día del ganado urbano,
Street Art en Valparaíso, Chile.

Bastante más de 100 años transcurrieron entre la escritura de este discurso y la realización de este mural en las calles del gran puerto chileno, sin embargo, a mi criterio, uno y otro se complementan a la perfección. 

Ernesto de la Cárcova, Catálogo de la exposición realizada en el Museo Nacional de Bellas Artes (Buenos Aires) en ocasión del 150 aniversario del nacimiento del artista.
Discurso del director del Museo Nacional de Bellas Artes don Eduardo Schiaffino, leído el 23 de mayo de 1905, en el banquete de despedida a don Ernesto de la Cárcova.

Señores:
Entre los ciudadanos que forman una nación civilizada en el alto concepto de la palabra, existe un grupo diluido en la masa anónima de los obreros, negociantes, soldados, industriales y rentistas, que adopta una profesión extraña. Los seres que lo componen, sin ser guerreros, y en veces tímidos como ciertas mujeres, tienen la pretensión de conquistar el mundo. Desde la infancia, la meditación les marca con el dedo, y la soledad suele serles amiga. Las armas o instrumentos de que disponen para sus fines son la pluma y el lápiz, el pincel o el cincel, cosas torpes y dañinas en manos de los mediocres, pero utensilios maravillosos cuando los dirige la razón independiente y el alma grande.
(...)
Estos hombres desempeñan en la sociedad una misión augusta; en el silencio al que los ha relegado la extraña profesión que practican, escuchan e interpretan el vasto latir del pueblo; y de todas las voces truncas, de todos los murmullos, de los ayes sueltos y las imprecaciones que suben a su oído, forjan las estrofas, combinan los cantos, burilan las imágenes, trazan los cuadros, concretan los monumentos que confusamente exhalan el amor y la pesadumbre del alma colectiva.

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El día del ganado urbano,
Street Art en Valparaíso, Chile.


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Al igual que la ciencia, el arte cambia nuestro mundo

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Gertrude Stein (detalle), Pablo Picasso. Ver aquí.

I Congreso Internacional: Los Museos en la educación. "La formación de los Educadores" Elliot W. Eisner (Stanford University)

"Cuando era estudiante de pintura en la School of the Art Institute de Chicago solía toparme con un retrato de Gertrude Stein pintado por Pablo Picasso. Pasaba por delante del cuadro a diario de camino a clase y solía comentarle a mi profesor que no me gustaba y que no se parecía para nada a Gertrude Stein. Él me respondía: 'Ya se parecerá'. 
Ese comentario nos ayuda a comprender la idea de que las obras de arte tienen la capacidad de cambiar la manera en la que vemos el mundo. El retrato de Picasso cambió gradualmente la manera en la que veíamos a Gertrude Stein. 
Lo mejor de las obras de arte que contemplamos tiene un efecto similar al concepto de Thomas Kuhn sobre el cambio de paradigma. Kuhn, en su libro La estructura de las revoluciones científicas, afirma que la ciencia no funciona a través de la acumulación de desarrollos teóricos uno tras otro, sino que progresa gracias a la producción de nuevos modelos teóricos que cambian la manera en la que concebimos la realidad. La ciencia no es una acumulación de simples hechos, es la producción de grandes ideas que, una vez comprendidas, nos permiten apreciar la realidad de forma diferente. La ciencia cambia nuestro mundo."


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Para conocer a la protagonista: Gertrude Stein. El deber de parecerse al retrato. 

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Leer versión completa aquí.



Vuelvo a esta entrada para sumar esta foto maravillosa:

JO DAVIDSON trabajando en una escultura de la escritora e importante coleccionista de arte, Gertrude Stein (1922); fuente: ver aquí.